Terremotos y prevención: lecciones para República Dominicana tras el sismo de Venezuela

Terremotos y prevención: lecciones para República Dominicana tras el sismo de Venezuela

Por Ing. Javier Rodríguez, director del Observatorio Sismológico del Instituto Politécnico Loyola  

El reciente terremoto de magnitud 7.5 registrado en Venezuela ha vuelto a recordar una realidad que compartimos todos los países del Caribe: vivimos en una región sísmicamente activa y, por tanto, debemos comprender que los terremotos no pueden evitarse, pero sí es posible reducir significativamente sus consecuencias mediante la prevención, la planificación y una adecuada cultura de construcción.

Ante un evento de esta magnitud, una de las primeras preguntas que surge es si un terremoto de estas características implica un riesgo para la República Dominicana o si nuestro país está preparado para enfrentar un fenómeno similar. La respuesta requiere analizar varios factores geológicos y estructurales.

En términos generales, cualquier terremoto con una magnitud superior a 7 representa un evento potencialmente peligroso. Sin embargo, el verdadero impacto no depende únicamente de la energía liberada por el sismo, sino también de las condiciones del terreno sobre el cual están construidas las ciudades y de la calidad de las edificaciones.

Un edificio diseñado bajo normas sismorresistentes no necesariamente queda libre de daños durante un terremoto fuerte. Lo que buscan los ingenieros estructurales es algo mucho más importante: evitar el colapso de la estructura y, con ello, proteger la vida de las personas. Es normal que un edificio experimente grietas o daños estructurales después de un gran terremoto, pero si fue correctamente diseñado, no debería derrumbarse.

En el caso de Venezuela, buena parte de los edificios que sufrieron colapsos se encontraban ubicados sobre cuencas sedimentarias. Este aspecto resulta fundamental para comprender por qué unas zonas experimentan daños mucho mayores que otras, incluso cuando se encuentran a distancias similares del epicentro.

Las cuencas sedimentarias están formadas por materiales relativamente jóvenes, poco compactados y de baja resistencia. Cuando las ondas sísmicas viajan desde el interior de la Tierra y alcanzan estos depósitos sedimentarios, su comportamiento cambia. En lugar de disiparse, las ondas pueden amplificarse considerablemente, aumentando la intensidad del movimiento del suelo.

Este fenómeno puede generar un efecto conocido como resonancia. Si la frecuencia natural de vibración de un edificio coincide con la frecuencia amplificada del terreno, la estructura comienza a oscilar con mayor intensidad, incrementando las posibilidades de sufrir daños severos o incluso colapsar.

¿Está preparada la República Dominicana?

Frecuentemente recibimos esta pregunta en el Observatorio Sismológico Politécnico Loyola. La respuesta es que ningún país del mundo está completamente preparado para enfrentar un gran terremoto.

Ni siquiera Japón, reconocido internacionalmente por poseer algunos de los sistemas de ingeniería sísmica más avanzados del planeta, ha podido eliminar totalmente el riesgo. El terremoto de Tōhoku, ocurrido en 2011 y de magnitud 9.0, superó muchas de las previsiones para las cuales habían sido diseñadas las infraestructuras japonesas. Los enormes muros de protección construidos frente al mar fueron sobrepasados por el tsunami, demostrando que la naturaleza siempre puede exceder las expectativas humanas.

La lección es clara: el objetivo no consiste en construir estructuras indestructibles, sino edificaciones capaces de resistir el movimiento sísmico sin provocar pérdidas masivas de vidas humanas.

En República Dominicana existen zonas cuya geología merece especial atención. Dos de las principales corresponden al Valle del Cibao y al Valle u Hoya de Enriquillo. Ambos son grandes rellenos sedimentarios donde las ondas sísmicas pueden amplificarse de forma similar a lo ocurrido en algunas regiones venezolanas.

Esto significa que cualquier infraestructura levantada en estas áreas debe cumplir rigurosamente con la normativa antisísmica vigente. De lo contrario, un terremoto de gran magnitud podría provocar daños importantes.

El caso de Santo Domingo

Muchas personas se sorprenden al conocer que gran parte de Santo Domingo presenta condiciones geológicas más favorables que otras regiones del país.

Una extensa porción de la ciudad está asentada sobre una plataforma de roca caliza, antigua formación coralina que transmite las ondas sísmicas de manera distinta a los sedimentos blandos. A diferencia de las cuencas sedimentarias, este tipo de roca no amplifica significativamente el movimiento del terreno.

En términos generales, las edificaciones localizadas desde la avenida John F. Kennedy hacia el litoral del Caribe se encuentran sobre esta plataforma calcárea, lo que representa una ventaja geológica. Sin embargo, esto no significa que estén completamente libres de riesgo. La seguridad continúa dependiendo, principalmente, de que las estructuras hayan sido construidas conforme a las normas de diseño sismorresistente.

Un país que debe convivir con los terremotos

La República Dominicana forma parte del límite entre las placas tectónicas del Caribe y Norteamérica, una de las regiones con mayor actividad sísmica del hemisferio occidental.

Los terremotos forman parte del comportamiento natural de nuestro territorio y seguirán ocurriendo. Lo importante es comprender que convivir con este riesgo implica invertir permanentemente en investigación científica, monitoreo, educación ciudadana y construcción segura.

En ese sentido, el conocimiento científico constituye una herramienta fundamental para la prevención.

El aporte del Observatorio Sismológico Politécnico Loyola

Desde su creación en 2012, el Observatorio Sismológico Politécnico Loyola ha desarrollado una de las redes de monitoreo sísmico más importantes del país.

Actualmente contamos con una red integrada por 32 sismógrafos, de los cuales 20 pertenecen directamente al Instituto Politécnico Loyola. Estos equipos permiten registrar la actividad sísmica de gran parte del territorio nacional y generar información científica de utilidad para investigadores, instituciones y organismos de gestión del riesgo.

Durante estos años hemos registrado más de 25,000 eventos sísmicos, que abarcan desde pequeños microsismos de magnitud 0.5 hasta terremotos cercanos a magnitud 6.

La distribución de nuestras estaciones permite observar con especial detalle la actividad del norte y del suroeste del país. Además, trabajamos en la ampliación de la red hacia el sureste, donde ocurre un fenómeno sísmico particularmente interesante: la presencia de terremotos profundos.

En localidades como La Romana, Higüey, Boca de Yuma, Punta Cana y sectores del Gran Santo Domingo es frecuente detectar sismos que se originan entre 70 y 200 kilómetros de profundidad.

Aunque estos eventos pueden ser percibidos por la población, su profundidad hace que gran parte de la energía sísmica se atenúe antes de llegar a la superficie, reduciendo considerablemente sus efectos.

Ciencia para construir una cultura de prevención

Cada terremoto representa una oportunidad para aprender. Los eventos ocurridos recientemente en Venezuela ofrecen valiosas enseñanzas sobre la importancia de comprender la relación entre la geología, la ingeniería y la gestión del riesgo.

Más que generar temor, estos acontecimientos deben fortalecer nuestra cultura de prevención. Conocer el comportamiento del suelo, respetar las normas de construcción y fortalecer los sistemas de monitoreo científico son las herramientas más eficaces para disminuir la vulnerabilidad de nuestras comunidades.

Desde el Observatorio Sismológico Politécnico Loyola continuaremos aportando conocimiento científico, fortaleciendo la investigación y ofreciendo información confiable que contribuya a una mejor comprensión de la actividad sísmica de la República Dominicana. La prevención comienza con el conocimiento, y ese sigue siendo uno de los principales compromisos del Instituto Politécnico Loyola con el país.

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